Un poeta de mi tierra al que me acerco con respeto
Este séptimo ensayo del Salón de los Arlequines está dedicado a Nicolás Guillén, el poeta nacional de Cuba y también hijo de Camagüey. Aunque no figura entre mis preferidos, su poesía forma parte de la memoria común, y en ella resuenan la música, la raza y la nación cubana.
Nicolás Guillén nació también en Camagüey, la ciudad donde yo vine al mundo. Ese simple dato ya establece un vínculo inevitable. Sin embargo, debo decirlo con franqueza: aunque respeto profundamente su obra, Guillén nunca ha estado entre mis poetas favoritos. Y quizá por eso mismo vale la pena escribir sobre él aquí, en el Salón de los Arlequines: porque la literatura no es solo cuestión de gusto, sino también de memoria compartida.
Lo que más reconozco en Guillén es su capacidad de fundir la poesía con el ritmo. En versos como los de Motivos de son, la música afrocubana se hace palabra, y la palabra se vuelve tambor. Esa sonoridad es parte de nuestra identidad: sin ella, Cuba no sería Cuba.
También está su voz política, su compromiso con las luchas sociales y raciales. Guillén hizo de la poesía un espacio de denuncia y afirmación, mostrando que la cultura podía ser un arma de dignidad. Aunque mi propia escritura se mueve en otra dirección —más íntima, más ligada a la memoria y a la infancia—, reconozco en Guillén esa fuerza colectiva que atraviesa la historia.
Para mí, leer a Guillén fue entender que la poesía podía bailar y, al mismo tiempo, exigir justicia. No es la voz que más me toca el corazón, como la de Bécquer, Martí o Avellaneda. Pero es una voz que me acompaña por el solo hecho de haber nacido en la misma tierra, y porque en ella resuena la pluralidad de lo cubano.
Hoy, cuando escucho un son o pienso en la herencia africana de nuestra isla, recuerdo a Guillén. Su poesía nos recuerda que Cuba no es solo nostalgia ni exilio, sino también tambor, ritmo y mezcla.
Por eso el Salón de los Arlequines lo incluye: porque aunque no sea mi poeta preferido, su voz es indispensable para entender la polifonía de lo cubano. Y porque a veces, en el eco de un son, se escucha también la historia de un pueblo entero.



