El poeta que me enseñó a mirar la infancia y el dolor
Este quinto ensayo del Salón de los Arlequines está dedicado a Federico García Lorca. En sus versos descubrí que la poesía puede ser música, denuncia y ternura a la vez; un canto a la infancia y una herida abierta contra la injusticia.
Mi encuentro con Federico García Lorca fue como escuchar una voz que venía de muy lejos y, sin embargo, parecía hablarme al oído. En sus versos hallé una música que no se parecía a nada: era popular y a la vez culta, desgarrada y luminosa, hecha de gitanos, niños, campos, lunas y heridas.
Lorca me enseñó que la poesía podía mirar a los más frágiles con dignidad. En poemas como El niño muerto o El lagarto está llorando descubrí que la infancia era al mismo tiempo inocencia y tragedia, ternura y pérdida. Esa mirada marcó mi manera de crear personajes como Arístides, Bernardino, Julia, Luis, Héctor, Alejandro o Rafael: niños y jóvenes que cargan demasiado pronto con el peso de la vida, pero que aún conservan una chispa de esperanza.
Lo que más me impresionó de Lorca fue la unión entre lo íntimo y lo colectivo. Sus versos no eran solo confesión personal: eran un grito contra la injusticia y la opresión. La Guerra Civil lo convirtió en símbolo trágico, pero su poesía ya llevaba en sí esa conciencia: la de un pueblo que canta y sufre, la de una tierra atravesada por la belleza y la violencia.
De Lorca aprendí que el lenguaje puede ser teatral, musical, lleno de imágenes, y al mismo tiempo profundamente humano. Sus metáforas no son adornos: son heridas que se vuelven canto. Por eso, en mi escritura, sus ecos aparecen en el lirismo de Libertad Encontrada, en la cadencia de Piedrecitas entre la hierba, en los silencios de La joven Julia.
Hoy, cuando pienso en Lorca, lo siento todavía vivo en cada poema que defiende la ternura contra la brutalidad. Su muerte no lo silenció: lo multiplicó. Y quizás ese sea el mayor legado que nos dejó: la certeza de que la poesía puede ser al mismo tiempo música y resistencia, herida y luz.
Por eso el Salón de los Arlequines lo convoca: porque en Lorca aprendí que escribir es dar voz a quienes no la tienen, y que en el canto de un niño, en la luna sobre un campo oscuro, puede esconderse toda la verdad de un pueblo.



