El poeta que me enseñó a escribir desde la fragilidad
Este segundo ensayo del Salón de los Arlequines está dedicado a Gustavo Adolfo Bécquer, mi poeta preferido desde la infancia. Su poesía me enseñó que lo efímero puede ser eterno y que lo más íntimo también puede hablar por todos.
En mi casa había una pequeña biblioteca, y entre aquellos estantes descubrí a Bécquer. Muy pronto caí bajo el hechizo de sus Rimas, pero hubo una que se convirtió en mi favorita de siempre: la de las golondrinas.
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas… ¡no volverán!
En esos versos descubrí lo irrepetible: la belleza que no se deja retener, el amor que una vez vivido no regresa nunca igual. Desde entonces supe que la poesía podía ser sencilla y, al mismo tiempo, tocar lo más profundo del corazón.
Mientras otros poetas me enseñaban la fuerza de la denuncia o el peso del tiempo, Bécquer me mostró el valor de lo efímero. Su estilo —breve, musical, sugerente— me enseñó que a veces lo más poderoso es lo que apenas se dice. Aprendí que un silencio puede pesar más que un grito y que lo frágil —una golondrina, una mirada, un recuerdo— puede contener todo un mundo.
Ese aprendizaje se filtró en mi propia obra. En Piedrecitas entre la hierba, en El Rey de Cuba, en La joven Julia y en Libertad Encontrada hay algo de ese mismo murmullo. Los silencios, los guiños al lector, la intimidad que busca hacerse universal, son herencia de Bécquer.
Hoy, en un mundo saturado de ruido, su poesía sigue siendo un acto de resistencia. Recordarnos que lo efímero no muere si alguien lo nombra, que lo íntimo puede ser tan vasto como lo colectivo.
Quizás por eso el Salón de los Arlequines lo acoge desde sus primeros ensayos: porque con Bécquer aprendí que a veces basta un suspiro para atravesar los siglos.



