De Cuba a Miguel Hernández: la infancia bajo el yugo

Un libro prestado, una memoria que no se borra y una pregunta que sigue abierta: ¿Quién salvará a este chiquillo? Este ensayo inaugura el Salón de los Arlequines, un espacio donde dialogan los poetas que marcaron mi infancia con los personajes que habitan mis propias páginas.


En mi infancia en Cuba los libros eran escasos, casi clandestinos. Una maestra, en un gesto de generosidad que aún agradezco, me prestó algunos volúmenes de poetas españoles. Los devoré. Memorizar versos era una forma de apropiarme de ellos, de hacerlos míos frente a la carencia material y a la sequía espiritual que nos rodeaba.

Entre aquellos poemas había uno que se me quedó grabado como un hierro en la memoria: El niño yuntero, de Miguel Hernández. Con su voz campesina y dolida, Hernández preguntaba:

“¿Quién salvará a este chiquillo, menor que un grano de avena?”

La imagen era brutal y luminosa a la vez. Yo veía en ese niño a tantos de mi generación: frágiles, empujados demasiado pronto a cargar yugos ajenos, a crecer bajo el peso de historias que no habían escogido.

Ese poema se convirtió en una brújula secreta. Con él resonaban también las páginas de Platero y yo, donde Juan Ramón Jiménez convertía lo cotidiano en ternura; el grito contra el tiempo en A un olmo seco, de Machado; y la delicadeza herida del Gorrión muerto de Bécquer. Todos me enseñaron que la poesía podía ser un refugio y, al mismo tiempo, un arma contra el olvido.

Años más tarde, cuando escribí sobre Arístides en Piedrecitas entre la hierba, sobre Bernardino en El Rey de Cuba, sobre Julia en mi primera obra de teatro o sobre Luis, Héctor, Alejandro y Rafael en Libertad Encontrada, todos ellos eran variaciones de aquel chiquillo menor que un grano de avena. Cada uno, con su silencio o su resistencia, reclama que alguien lo salve del peso de la historia, de la indiferencia, de la opresión.

Hoy, mirando a Cuba y al mundo, esa pregunta sigue en pie. ¿Quién salvará a los niños que cruzan mares en balsas, a los adolescentes que emigran solos, a los que crecen bajo sistemas que los quieren obedientes y mudos? La poesía de Hernández no ha envejecido: su verso es un aldabonazo en nuestra conciencia.

Quizás el verdadero sentido del Salón de los Arlequines sea este: reunir voces que nos recuerden que siempre hay un niño yuntero a la espera de ser salvado, y que el acto de escribir, leer o recordar es ya una forma de tenderle la mano.